Alas Rotas...

Mi amada no hizo ningún movimiento, ni habló, al acercarme a ella.
Parecía saber intuitivamente que iba yo a llegar y al sentarme a su lado, me miró un momento y exhaló un profundo suspiro; luego, volvió la cabeza y miró hacia el cielo.
Y, al cabo de un momento lleno de mágico silencio, se volvió hacia mí y, temblando, tomó mi mano en las suyas, y me dijo con desmayada voz:
-Mírame: examina mi rostro y lee en él lo que quieres saber y lo que no puedo decirte.
Mírame, amado mío: mírame.
La miré atentamente y vi que aquellos ojos que días antes habían sonreído como labios felices, y que habían aleteado como un ruiseñor, estaban hundidos y helados con la tristeza y el dolor. Sus dulces labios eran como dos rosas anémicas que el otoño ha dejado en sus tallos.
Una mirada que revela un dolor interno añade más belleza al rostro, por más tragedia y dolor que refleje; en cambio, el rostro que silencioso no exterioriza ocultos misterios, no es hermoso, por más simétricas que sean sus facciones. La copa no atrae a nuestros labios, a menos que veamos el color del vino a través del cristal transparente.
Aquella tarde, ella era como una copa rebosante de vino celestial, especiado con lo amargo y lo dulce de la vida.
Seguí mirandola, y escuchando los gritos de su espíritu deprimido, y sufriendo junto con ella, hasta que sentí que el tiempo se había detenido, y que el universo había vuelto a la nada. Lo único que podía yo ver eran sus grandes ojos que me miraban fijamente, y lo único que podía sentir era su fría, temblorosa mano, que apretaba la mía.
"Y ahora, amado mío, ¿qué haremos? ¿Cómo nos separaremos, y cuándo volveremos a encontrarnos? ¿Hemos de considerar que el amor fue un visitante extranjero, que llegó en la noche y nos abandonó por la mañana? ¿O supondremos que este cariño fue un sueño que llegó a nosotros mientras dormíamos, y que se marchó cuando despertamos?
Alza el rostro y mírame, bien amado; abre la boca y déjame oír tu voz. ¡Háblame! ¿Te acordarás de mí después de que esta tempestad haya hundido el barco de nuestro amor? ¿Oirás el susurro de mis alas en el silencio de la noche? ¿Oirás mi espíritu vagando y aleteando en torno a ti? ¿Escucharás mis suspiros? ¿Verás mi sombra aproximarse a ti con las sombras del anochecer, y verás que luego se desvanece con el resplandor de la aurora? Dime, amado mío, ¿qué serás después de haber sido un mágico rayo de luz para mis ojos, una dulce canción para mis oídos, y unas alas para mi alma? ¿Qué serás después?
Al oír estas palabras, sentí que mi corazón se deshacía. -Seré lo que tú quieras que sea, amada mía - le contesté. -Quiero que me sigas amando como ama un poeta sus melancólicos pensamientos -me dijo ella a continuación. Quiero que me recuerdes como un viajero recuerda el quieto estanque en que se reflejó su imagen, al saciar la sed en cristalinas aguas.
-Haré todo lo que me has dicho -le contesté-, y haré de mi alma un abrigo para tu alma, y de mi corazón una residencia para tu belleza, y de mi pecho una tumba para tus penas.
Te amaré, como las praderas aman a la primavera, y viviré en ti la vida de una flor bajo los rayos del sol.
-Pero mañana, la verdad será fantasmal, y el despertar será como un sueño -¿Acaso un amante estará satisfecho con abrazar a un fantasma, o acaso un hombre sediento saciará la sed con el manantial de un sueño?
Todas estas palabras salieron de lo profundo de mi corazón, como llamas que salen, ávidas, de una fogata para luego desaparecer, convertidas en cenizas. Ella lloraba, como si sus ojos fueran labios que me contestaran con lágrimas.
Hubo un gran silencio. Ella miró hacia abajo, pálida y cansada; sus brazos cayeron, y su cabeza se inclinó, y me pareció como si una tempestad hubiera roto la rama de un árbol, y la hubiera arrojado al suelo, seca y muerta.
Le tomé la fría mano y se la besé, pero cuando traté de consolarla, era yo el que necesitaba más consuelo. Guardé silencio, pensando en nuestro dolor y escuchando los latidos de mi corazón. Ni ella ni yo dijimos nada más.
Ninguno quería escuchar al otro, porque las fibras de nuestros corazones se habían debilitado, y sentíamos que hasta un suspiro podría romperlas.
Nos pusimos en pie y nos dijimos adiós, pero el amor y la desesperación estaban entre nosotros como dos fantasmas, uno de ellos extendiendo sus alas, con los dedos en nuestras gargantas, el otro; llorando, aclamaba:
-¡Oh Dios, ten piedad de mí, y cura mis alas rotas!

Tu voz no debe sofocarse, porque da vida a mi corazón.


(Alas rotas) Khalil Gibran

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